El problema del Perú no son los políticos: somos nosotros
Mientras la ONPE procesa las últimas actas de esta ajustadísima segunda vuelta de junio de 2026 y el país se quiebra por una diferencia milimétrica de votos, las redes sociales revientan de un odio descontrolado donde un bando llama al otro "ignorante" y el rival responde de inmediato tachándolos de "inmorales"; y es que nos encanta apuntar con el dedo a Keiko Fujimori o a Roberto Sánchez para convencernos de que la podredumbre está allá arriba, encerrada en el Palacio de Gobierno o en el Congreso.
Sin embargo, si dejamos la política de lado y miramos con honestidad el comportamiento humano en nuestras calles, la verdad que encontramos es mucho más cruda; ellos dos no son invasores espaciales sino el reflejo exacto de nuestra psicología diaria y de nuestro colapso educativo. Esto ocurre porque nuestra cultura colectiva ha normalizado un sistema de creencias moldeado por la pillería, el autoritarismo y el desprecio por la norma, donde el voto no es un ejercicio de análisis racional, sino la extensión de los mecanismos de supervivencia, los traumas y las conductas que practicamos o toleramos en el día a día; al final, el verdadero drama social radica en que el sistema educativo no nos ha formado para ser ciudadanos empáticos y críticos, sino individuos condicionados a evadir las reglas o a imponer nuestra voluntad a la fuerza cuando el entorno se vuelve hostil.
La "Keiko Cotidiana": Cuando la viveza reemplaza a la educación
Mucha gente se pregunta en las calles a donde he ido, y en las redes sociales aún más, cómo es posible que estructuras políticas tan cuestionadas mantengan un voto duro inamovible a lo largo de los años, pero la respuesta no está en las ideologías sino en la conducta diaria de la ciudadanía; de hecho, calificar el proyecto de Keiko Fujimori como una "ideología de derecha" es un error analítico profundo, ya que la evidencia de los procesos judiciales por el caso Cócteles y las investigaciones de lavado de activos demuestran que Fuerza Popular no opera bajo principios doctrinarios o un libre mercado institucional, sino como una organización de intereses privados diseñada para el lucro personal, el blindaje judicial y la captación de fondos millonarios no declarados de grandes corporaciones a cambio de favores legislativos, significando que esta mercantilización de la política no responde a un pensamiento económico sino a una forma de vida corporativa.
Esta lógica de las cúpulas se conecta directamente con el comportamiento cotidiano cuando un policía te para en la avenida y, sin que hayas cometido ninguna infracción, te insinúa que le des 50 soles para "dejarte ir", reflejando exactamente esa misma matriz moral en acción; del mismo modo, este fenómeno se repite cuando vas al mercado y el comerciante te altera la balanza para cobrarte por un kilo lo que en realidad son 900 gramos, o cuando un pseudoprofesional ejerce con un cartón falso porque prefirió el "tarjetazo" y la trampa antes que quemarse las pestañas estudiando, siendo todo esto la normalización de la trampa en una sociedad con más del 70% de informalidad donde la educación familiar ha sido reemplazada por el "sálvese quien pueda", provocando que el votante no se horrorice ante el cinismo sino que lo vea como una virtud de supervivencia y aplauda al "vivo" porque, en el fondo, opera bajo esa misma regla en su propio metro cuadrado.
El perfil del autoritario: "O haces lo que yo digo, o eres mi enemigo"
Esta tara se complementa con una alarmante incapacidad psicológica para el debate, la cual define al ciudadano autoritario al que le gusta hacer lo que se le da la gana; este tipo de personas jamás cambian de opinión ante las pruebas y, si les demuestras con hechos que están equivocadas, recurren al insulto inmediato o al etiquetado de "terrorista" o "traidor" si es que no piensas exactamente como ellos, desplegando además una perversa estrategia de victimización donde se muestran como perseguidos para justificar su agresividad.
Cuando sus dogmas se desmoronan frente a la realidad, desvían de inmediato el foco de la discusión para atacarte directamente como persona, buscando lacerar tu autoestima, desestabilizarte emocionalmente y humillarte públicamente mediante la burla y el menosprecio, lo cual demuestra que su objetivo jamás es el intercambio de ideas, sino anular la dignidad del otro para camuflar su propia ignorancia y prepotencia; esta conducta violenta funciona como un mecanismo de defensa para proteger mitos colectivos, tales como el adorar la figura de un gobernante "salvador" de los 90 cuando la historia demuestra con documentos oficiales que la derrota estratégica del terrorismo fue logro exclusivo de la inteligencia policial del GEIN, a quienes el propio régimen político de entonces ponía trabas y miraba con profunda desconfianza.
Es esa misma mentalidad autoritaria la que ciertos perfiles políticos aplicaron a gran escala desde el Congreso del 2016 al poner trabas a proyectos vitales para el desarrollo del pueblo, como ocurrió con el histórico bloqueo y manipulación del proyecto especial de irrigación Chinecas con tal de mantener el capricho y el control político sobre el presupuesto, prefiriendo que el país entero se estanque si las cosas no se ejecutan a su entera manera; este capricho de las cúpulas es, en esencia, el mismísimo impulso destructivo que el ciudadano común ejerce en su cotidianidad cuando violenta las normas de tránsito, invade la vereda o destruye la convivencia vecinal simplemente porque "le da la gana".
La industria del morbo: Consumir destrucción como entretenimiento
Por otro lado, es necesario entender por qué el país termina eligiendo siempre entre el miedo de un bando y el resentimiento del otro, justificando incluso a Sánchez con el clásico autoengaño de "bueno, tendrá pasivos, pero es algo más gente"; esto ocurre porque psicológicamente somos una sociedad adicta al linchamiento que durante décadas ha alimentado a una industria de prensa de espectáculos y programas de farándula que viven de hacer leña de la gente, inventando, prejuzgando y destruyendo vidas privadas por un punto de rating.
A pesar de que estos personajes mediáticos han sido condenados por la justicia penal por difamación y daño moral, el público los sigue aplaudiendo masivamente porque nos encanta ver el sufrimiento ajeno para sentirnos moralmente superiores; trasladamos exactamente esa misma neurosis a las urnas al proyectar en el candidato rival todo nuestro odio acumulado, lo que demuestra que no votamos para construir un país sino para ver destruido al bando contrario en una especie de terapia de grupo violenta donde "el mal menor" es la excusa perfecta para no hacernos cargo de nuestra propia mediocridad.
El origen del mal: Un sistema educativo basado en el miedo
Este comportamiento social tan destructivo tiene una raíz psicológica profunda en la crianza que arrastramos desde la infancia, lo cual se evidencia claramente en ese niño que no quiere estudiar y se pone a llorar de frustración no por el deseo de aprender sino por el pánico absoluto al castigo físico o psicológico que le espera en casa, reflejando una mente educada bajo la sumisión y el miedo; desde pequeños somos programados bajo la psicología del resultado rápido y del temor al más fuerte, un mecanismo defectuoso que anula el desarrollo de la empatía y la honestidad, sustituyéndolos por un estado de alerta constante donde el prójimo no es un ciudadano con derechos sino un rival al que hay que vencer.
A esta preocupante formación se suma el rol de aquellos padres que, arrastrando sus propios traumas y frustraciones, actúan como cómplices de las peores conductas de sus hijos, apañándolos y defendiéndolos de manera irresponsable cuando estos cometen destrozos o actos de vandalismo dentro de los colegios; esta herencia de la impunidad se manifiesta de forma cotidiana en la calle cuando esos mismos padres, cruzando avenidas anchas de alta velocidad con el semáforo en rojo y exponiendo negligentemente la vida de sus niños, reaccionan con furia y agresividad si un ciudadano les llama la atención, desatando un espectáculo de insultos delante de sus hijos que funciona como una lección de vida imborrable: el mensaje de que las reglas son para los tontos y que la violencia es el único lenguaje válido para salirte con la tuya.
Cuando ese niño se convierte en adulto dentro de un país donde la meritocracia es un chiste, su cerebro simplemente reproduce lo que aprendió en casa y asimila que para progresar hay que pisar al resto o romper la norma; el eslabón final de esta cadena de traumas compartidos, donde nunca se enseñó a respetar un límite ni a ponerse en el lugar del otro, es el perfil del extorsionador o el sicario que exige dinero bajo amenaza de muerte, lo cual representa el triunfo definitivo de la fuerza bruta y la viveza sobre cualquier rastro de valor humano.
El verdadero "Punto de no retorno"
Cantar victoria porque un candidato sube o baja un par de centésimas en el conteo final de la ONPE es un tremendo autoengaño, puesto que quien gane esta elección heredará un país psicológicamente quebrado y educativamente colapsado; el problema del Perú no se va a solucionar firmando leyes en el Congreso porque la ley no cambia la conducta humana si la sociedad no la respeta, de modo que mientras sigamos celebrando la viveza criolla, justificando la intolerancia, insultando al que piensa diferente, consumiendo televisión basura y criando a nuestros hijos bajo el miedo en lugar del respeto, seguiremos produciendo los mismos políticos nefastos.
El resultado de la ONPE voto a voto no es una crisis política sino el Perú entero mirándose al espejo y descubriendo, con horror, que los monstruos que tanto odiamos en la televisión se parecen demasiado a las taras que permitimos y aplaudimos en nuestras propias casas; por lo tanto, el cambio estructural no empieza en el Palacio de Gobierno sino desterrando al "vivo" y al autoritario que llevamos dentro, entendiendo que si seguimos normalizando la pillería cotidiana como una medalla de supervivencia, habremos cruzado un punto de no retorno social donde ninguna reforma política podrá salvarnos de nuestra propia autodestrucción moral.
Estudiar nuestra realidad como un problema de salud mental y colapso cívico nos obliga a dejar de ser espectadores pasivos de nuestra tragedia, por lo que este espacio queda abierto para confrontar esas verdades incómodas que preferimos callar; te invito a dejar tus comentarios abajo, a compartir tu perspectiva sobre estas conductas cotidianas y a debatir con respeto si consideras que aún estamos a tiempo de romper este ciclo o si ya nos acostumbramos a vivir bajo las reglas de la impunidad.


